La primera vez que Daniel
P.G. tuvo contacto con el más allá, fue con catorce años. La bruja de su abuela
aún reinaba en la centenaria casona familiar que se levanta en plena Vegueta. Y
hasta allí fue el pequeño Daniel, con el triste objetivo de prestarse a ser el
blanco de las habituales crueldades de la vieja. Nadie apostaría que la
adorable anciana que, religiosamente, cruza la calle con su silla de ruedas
para ir a misa, es un bicho de la peor especie. Que le pregunten a sus
agradecidos pobres, a los que no descuida ni en fiestas de guardar. La adoran.
Idolatran a la dulce Doña Marta, esa minúscula criatura de porcelana sobre
ruedas, que parece que se va a romper de un momento a otro.
