Las viejas mansiones en la
desembocadura del río Connecticut, en el estrecho de Long Island, se conocen de
toda la vida. La propiedad de Cora James linda con la de las supuestas vecinas lesbianas. Así es como ella las
nombra. A su juicio, la que fuera una prometedora y soleada mañana primaveral, inevitablemente, se había convertido en una amargura, por culpa de una
de las vecinas lesbianas; Margue Peabody, para ser exactos.
-Margue, no le permito que
se inmiscuya en mis asuntos. Tenga usted un buen día –dijo, como hachazo
certero, Cora James al despedirse de su vecina en la linde que separa sus
propiedades. Ya de espaldas, a paso rápido, el pequeño y ágil cuerpo de aquella
octogenaria mujer, marcha hacia el porche de la casa. Va despachando maldiciones a diestra y siniestra, mientras zarandea el ramillete de flores frescas que lleva entre las manos.
