El cielo de mi tierra
también se oscureció. Una mañana, ¡qué mierda importará qué día era!, por
alguna razón que ignoramos, el día amaneció roto. Quiero decir, falto de luz.
Tan escaso de luz, que el día, en sí mismo, pareciera tener tres cuartas partes
de noche con luna preñada. Algunas voces, poéticas y llorosas, hablaban en
gemidos, clavando los puñales de sus rodillas en el negro asfalto, clamando al
cielo. Plegarias, diría Maruquita, la
de San José, viuda de Rafael, padres de un querubín.
